Sabías que hay cristianos que desean tener una Biblia y no pueden conseguirla. Otros viven en lugares donde poseerla puede poner en peligro su libertad o su vida. Mientras tanto, muchos de nosotros podemos abrirla sin temor, escoger entre varias traducciones, escucharla y llevarla en el teléfono. Pero no siempre, esa abundancia se traduce en lectura, estudio y obediencia.
Este contraste debe hacernos reflexionar y reconocer una responsabilidad: el acceso a la Palabra de Dios es un privilegio que no debemos confundir con algo insignificante.
Una realidad que debe despertarnos
Un artículo de Baptist Press, publicado el 1 de octubre de 2026, presenta los resultados de un estudio sobre el acceso a la Biblia en 106 países. Según el informe, más de 500 millones de cristianos viven en países donde ese acceso está restringido, y más de 125 millones de creyentes no pueden acceder a las Escrituras en ningún formato. Son dos datos distintos: vivir bajo restricciones no significa necesariamente carecer por completo de una Biblia, pero ambos revelan una necesidad inmensa.1
Las dificultades tampoco se reducen a la persecución religiosa. El estudio identifica barreras legales, políticas y sociales, pero también pobreza, analfabetismo y falta de electricidad o conexión a internet. Que una Biblia exista en determinado idioma o esté disponible en una aplicación no significa que todas las personas puedan obtenerla, comprenderla o utilizarla con seguridad.
La República Democrática del Congo ilustra esa diferencia. Según el artículo, allí el acceso a las Escrituras es legal, pero menos del 33% de los creyentes posee una Biblia. La pobreza, las dificultades de transporte y el acceso limitado a la electricidad contribuyen a esa carencia.
Para algunos, el obstáculo es una prohibición. Para otros, es el precio de un ejemplar o la distancia que los separa de quienes pueden distribuirlo.
Y para muchos de nosotros, ¿cuál es el obstáculo?
La pregunta merece una respuesta honesta.
Cuando la abundancia se convierte en indiferencia
Podemos tener una Biblia sobre la mesa, otra en la biblioteca y varias versiones en el teléfono. Podemos recibir versículos diariamente y compartir imágenes con frases bíblicas. Pero ninguna de esas cosas garantiza que estemos escuchando con atención lo que Dios nos dice en las Escrituras.
Tener una Biblia no es lo mismo que leerla. Leerla no es lo mismo que estudiarla. Y conocer sus palabras no equivale a vivir bajo su autoridad.
A veces buscamos un pasaje que nos consuele, pero evitamos aquellos que confrontan nuestras prioridades. Queremos una promesa para atravesar una crisis, pero postergamos la lectura cuando todo parece estar bien. Consultamos la Biblia para encontrar algo que decir, sin permitir primero que su mensaje examine nuestra propia vida.
Esta reflexión también nos alcanza a quienes predicamos y enseñamos. Podemos acercarnos al texto para preparar un sermón y olvidar que nosotros también necesitamos ser instruidos, corregidos y transformados. La Biblia no debe convertirse solamente en material para nuestro ministerio; debe seguir siendo alimento para nuestra alma.
No toda dificultad para leer nace de la indiferencia. Hay personas que enfrentan agotamiento, enfermedad, problemas de comprensión o circunstancias familiares complejas. Necesitan acompañamiento y ayuda, no una acusación apresurada. Pero reconocer esas realidades no debe servirnos para encubrir la negligencia cuando sí tenemos tiempo y posibilidades, pero dejamos la Palabra constantemente para después.
Nuestra Biblia tiene una historia de sacrificio
La facilidad con la que hoy abrimos una Biblia puede hacernos olvidar el costo que otros asumieron para traducirla, imprimirla y ponerla al alcance de más personas.
William Tyndale es uno de esos nombres que conviene recordar. Su traducción del Nuevo Testamento, publicada en 1526, fue la primera impresa en inglés. Su trabajo formó parte de una vida marcada por oposición y persecución. Fue condenado por herejía y ejecutado en 1536. Su historia recuerda que la transmisión de las Escrituras en la lengua del pueblo estuvo vinculada, en determinados contextos, a riesgos reales y sacrificios extraordinarios.
En nuestra lengua, también debemos recordar a Casiodoro de Reina, cuya traducción de la Biblia al español fue publicada en Basilea en 1569 y llegó a conocerse como la Biblia del Oso. Esa obra constituye un hito en la historia de las Escrituras en castellano.
No debemos simplificar toda la historia como si cada traducción hubiera surgido de las mismas circunstancias o cada traductor hubiese sufrido el mismo destino. Pero sí debemos reconocer que nuestra facilidad de acceso descansa sobre un legado de trabajo, perseverancia y, en casos como el de Tyndale, un costo personal extremo.
Recordar ese legado no significa venerar un objeto impreso. Significa apreciar la oportunidad de escuchar, comprender y transmitir el mensaje que contiene.
El privilegio también implica responsabilidad
Segunda Timoteo 3:16-17 presenta las Escrituras como dadas por Dios y útiles para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia, a fin de capacitar al creyente para toda buena obra.
Ese propósito va mucho más allá de poseer un ejemplar.
La Biblia nos enseña, pero también contradice nuestros errores. Nos consuela, pero también confronta nuestro pecado. Nos permite conocer las promesas de Dios, pero también nos llama a responder con fe y obediencia.
Santiago 1:22 nos exhorta a ser hacedores de la Palabra y no solamente oidores. Por tanto, el problema no se resuelve únicamente leyendo más páginas. También debemos preguntarnos qué estamos haciendo con lo que ya hemos leído.
¿Estamos perdonando a quienes debemos perdonar? ¿Estamos abandonando aquello que sabemos que desagrada a Dios? ¿Estamos amando al prójimo, practicando la justicia y hablando con verdad?
La gratitud por tener una Biblia debe hacerse visible en la manera en que la recibimos y vivimos.
De la reflexión a una respuesta concreta
La realidad de nuestros hermanos sin acceso a las Escrituras debe llevarnos a algo más que la conmoción de un momento.
Podemos comenzar con estas respuestas:
- Dar a la lectura bíblica un lugar definido en nuestra vida. No dejarla siempre para el tiempo que sobre, sino reservar un momento realista y constante.
- Leer con atención y contexto. En lugar de depender solamente de versículos aislados, seguir el argumento de un pasaje o de un libro y preguntarnos qué enseña.
- Responder con obediencia. Identificar qué debemos creer, corregir o practicar a la luz de lo leído.
- Ayudar a quienes tienen dificultades. Leer con otra persona, acompañarla en sus preguntas o facilitarle un formato que pueda utilizar.
- Recordar a quienes no gozan de nuestro acceso. Orar por ellos y apoyar iniciativas responsables de traducción y distribución. El informe reseñado por Baptist Press anima a las iglesias a participar mediante la oración, las donaciones y el respaldo a proyectos que acerquen las Escrituras a quienes las necesitan.
Como iglesia, también debemos examinarnos. ¿Estamos formando personas que conocen las Escrituras o solamente personas que dependen de lo que otros les dicen sobre ellas? ¿Estamos ayudando a los nuevos creyentes a leer y comprender la Biblia? ¿Nuestra preocupación por quienes no tienen una se refleja en alguna acción concreta?
Una Biblia abierta y una vida dispuesta
El sufrimiento de otros no debe convertirse en un recurso para manipular nuestras emociones. Debe movernos a la solidaridad y ayudarnos a reconocer el valor de lo que hemos recibido.
Mientras algunos hermanos enfrentan obstáculos para conseguir una Biblia, nosotros debemos preguntarnos qué hacemos con la que ya tenemos.
No podemos eliminar todas las barreras que ellos enfrentan. Pero sí podemos dejar de tratar con indiferencia el acceso del que disfrutamos. Podemos abrir las Escrituras con humildad, estudiarlas con diligencia y obedecerlas con una disposición renovada.
Que la Biblia no sea solamente el libro que defendemos, citamos o llevamos a la iglesia.
Que sea también el libro que leemos, comprendemos y ponemos en práctica.
¿Qué piensas? Deja tus comentarios. Me gustaría leer lo que tienes que decir.
-
https://www.baptistpress.com/resource-library/news/bible-access-restricted-for-over-500-million-christians-study-of-106-nations-finds/ ↩