Base bíblica: Mateo 24:42–51
¿Qué significa estar preparados?
Con frecuencia escuchamos la exhortación: «Tenemos que estar preparados para la segunda venida de Cristo».
La afirmación es bíblica. Jesús mismo dijo:
«Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen».
Mateo 24:44
Sin embargo, a veces se habla de esta preparación de una manera que convierte la esperanza cristiana en angustia. En lugar de esperar al Señor con confianza, algunos creyentes viven preguntándose: «¿Habré hecho suficiente? ¿Estaré suficientemente preparado? ¿Y si Cristo viene y me deja?».
Por eso, debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué significa estar preparados? ¿Se trata de hacer suficientes méritos para que Cristo nos acepte, o de vivir atentos y fieles al Señor en quien hemos creído?
No hay duda de que la promesa de su regreso es real. Cuando Jesús ascendió al cielo, los ángeles anunciaron a los discípulos que volvería. Así como creemos que vino, también creemos que regresará.
Pero no conocemos el día ni la hora. Esa incertidumbre nos llama a la vigilancia.
Antes de considerar cómo debemos prepararnos, examinemos cómo estamos mirando su venida.
1. Tres maneras de mirar la venida de Cristo
Desde el miedo
Hay creyentes para quienes la segunda venida de Cristo es, ante todo, motivo de temor: miedo al rechazo, al castigo o a no haber hecho suficiente.
En ocasiones, este tema se utiliza para presionar a las personas o manipular su conciencia. Pero una cosa es anunciar con seriedad las advertencias de Jesús y otra muy distinta es mantener a los creyentes en un estado de angustia permanente.
No debemos confundir el miedo paralizante con el temor de Dios. El temor de Dios implica reverencia, reconocimiento de su santidad y responsabilidad ante él.
Jesús no presenta su regreso como un asunto trivial. En el pasaje que hemos leído hay una advertencia seria y una realidad de juicio que no podemos ignorar. Sin embargo, tampoco debemos convertir esa advertencia en la idea de que la obra de Cristo es insuficiente y que nuestra única esperanza consiste en haber acumulado suficientes méritos.
La seriedad de su venida debe despertarnos, no llevarnos a desconfiar de él.
Desde la indiferencia
En el otro extremo están quienes viven como si Cristo nunca fuera a regresar.
Segunda de Pedro recoge la pregunta de los que se burlan de esa promesa:
«¿Qué hubo de esa promesa de su venida? Nuestros antepasados murieron y nada ha cambiado desde el principio de la creación».
2 Pedro 3:4
La aparente demora puede convertirse en una excusa: «Si todavía no ha venido, puedo seguir viviendo como quiero».
Pero Pedro responde:
«El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan».
2 Pedro 3:9
Lo que algunos interpretan como incumplimiento, Pedro lo presenta como paciencia.
La indiferencia no siempre se expresa negando la segunda venida. También podemos afirmar que creemos en ella y, sin embargo, vivir sin que esa esperanza influya en nuestras decisiones, nuestras relaciones o nuestras prioridades.
Desde la esperanza
Frente al miedo y la indiferencia, la Escritura nos invita a esperar a Cristo con esperanza.
Tito llama a su regreso «la bendita esperanza»:
«Mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo».
Tito 2:13
Juan también nos muestra lo que esperamos:
«Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es».
1 Juan 3:2
Esperamos ver a Cristo y ser semejantes a él. No se trata simplemente de escapar de las dificultades de este mundo, sino de encontrarnos con el Señor a quien amamos.
Por eso, Pablo consolaba a los creyentes de Tesalónica que habían perdido a sus seres queridos. No les pedía que dejaran de sentir tristeza, sino que no se entristecieran como quienes no tienen esperanza.
La esperanza cristiana no elimina el dolor, pero transforma la manera en que lo atravesamos.
Y esa esperanza también transforma nuestra conducta. Juan añade:
«Todo el que tiene esta esperanza en Cristo se purifica a sí mismo, así como él es puro».
1 Juan 3:3
Esperar a Cristo no nos vuelve pasivos. Nos mueve a vivir de una manera coherente con aquel a quien esperamos.
2. Estar preparados significa vivir fielmente
Volvamos a las palabras de Jesús:
«Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen».
Mateo 24:44
¿Cómo explica Jesús esa preparación?
Después de exhortarnos a estar preparados, presenta la escena de un siervo a quien su señor ha confiado una responsabilidad: cuidar de los demás sirvientes y darles alimento a su debido tiempo.
¿Qué hace el siervo fiel mientras espera?
Cumple la tarea que recibió. Atiende a quienes están bajo su cuidado. Administra responsablemente lo que le fue confiado.
Jesús dice:
«Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber».
Mateo 24:46
Observemos dónde pone Jesús el énfasis. No describe al siervo calculando la fecha del regreso de su señor, sino cumpliendo su responsabilidad.
La palabra clave es fidelidad.
El siervo está preparado porque vive de acuerdo con la voluntad de su señor, aun cuando no sabe cuándo regresará.
En contraste, el siervo malo se dice: «Mi señor se está demorando». A partir de esa idea, comienza a maltratar a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos.
Su problema no consiste simplemente en desconocer la fecha del regreso. Ambos siervos la desconocen. El problema es que utiliza la demora como permiso para abandonar su responsabilidad y hacer daño a otros.
Uno espera sirviendo; el otro aprovecha la espera para vivir sin rendir cuentas.
Por tanto, en este pasaje, estar preparados no consiste principalmente en descifrar señales, calcular fechas o alcanzar una sensación de perfección espiritual. La preparación se expresa en una vida de obediencia, servicio y cuidado de los demás.
La pregunta no es solamente: «¿Cuándo vendrá Cristo?».
La pregunta que el texto nos obliga a responder es: «¿Cómo estoy viviendo mientras espero a mi Señor?».
3. La preparación no completa la obra de Cristo
Aquí debemos hacer una distinción importante.
Hablar de vigilancia, obediencia y perseverancia no menoscaba, por sí mismo, la obra salvadora de Cristo. Lo que la menoscabaría sería presentar nuestros esfuerzos como si tuvieran que suplir una insuficiencia de su sacrificio.
No nos preparamos para completar lo que Cristo dejó incompleto. Vivimos en fidelidad porque hemos sido llamados a responder a su gracia.
Hebreos 10 sitúa nuestra santificación en la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre. Al mismo tiempo, ese capítulo exhorta a los creyentes a estimularse al amor y a las buenas obras, a reunirse, a conservar la confianza y a perseverar.
La suficiencia del sacrificio de Cristo y nuestra responsabilidad como creyentes no aparecen como realidades opuestas.
Por eso, debemos evitar dos errores:
- Pensar que tenemos que ganar la aceptación de Dios mediante nuestros méritos.
- Pensar que, puesto que somos salvos por gracia, nuestra manera de vivir carece de importancia.
Pablo exhorta a los filipenses:
«Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre —no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia—, lleven a cabo su salvación con temor y temblor».
Filipenses 2:12
Esta exhortación nos llama a tomar en serio nuestra vida delante de Dios. La confianza en Cristo no debe convertirse en despreocupación.
Tito reúne de manera especialmente clara la gracia, la vida presente y la esperanza futura:
«En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con dominio propio, justicia y devoción, mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien».
Tito 2:11–14
La gracia no solamente trae salvación: también nos enseña a vivir.
Nos enseña a rechazar lo que nos aparta de Dios, a vivir con dominio propio, justicia y devoción, y a hacer el bien mientras esperamos a Jesucristo.
Por tanto, estar preparados para su venida no significa completar su obra salvadora, sino vivir, sostenidos y enseñados por su gracia, en vigilancia, obediencia y servicio.
4. ¿Cómo se ve esa espera en nuestra vida?
La parábola lleva nuestra mirada hacia la vida cotidiana.
Podemos hablar mucho del regreso de Cristo y, al mismo tiempo, descuidar a las personas que tenemos cerca. Podemos conocer distintas interpretaciones sobre los acontecimientos finales y no cumplir las responsabilidades que el Señor nos ha confiado.
Pero el siervo fiel no se distingue únicamente por lo que sabe acerca del regreso de su señor. Se distingue por lo que hace mientras lo espera.
Por eso, conviene preguntarnos:
- ¿Estoy cuidando a las personas que el Señor ha puesto a mi lado?
- ¿Cumplo mis responsabilidades con honestidad?
- ¿Utilizo mi posición para servir o para imponerme sobre otros?
- ¿Hay alguna conducta que estoy justificando porque pienso que todavía tengo tiempo para cambiar?
- ¿Mi esperanza en Cristo está influyendo en la manera en que vivo hoy?
Para quienes tenemos responsabilidades de liderazgo, la advertencia es especialmente seria. El siervo recibió autoridad para alimentar y cuidar, no para golpear ni abusar.
Esperar al Señor implica tratar con amor y responsabilidad a quienes él nos ha confiado.
No necesitamos conocer la fecha de su regreso para saber qué debemos hacer hoy.
Conclusión: que nos encuentre sirviendo
Cristo volverá. No sabemos cuándo, pero sabemos cómo nos llama a vivir mientras lo esperamos.
No nos llama a una angustia permanente, como si nuestra esperanza dependiera de haber hecho suficiente. Tampoco nos permite vivir indiferentes, como si nuestras decisiones no importaran.
Nos llama a confiar en él y a permanecer fieles.
La advertencia de Jesús nos despierta. Su promesa nos sostiene. Su gracia nos enseña a vivir.
Por eso, no convirtamos su venida en un instrumento de manipulación, ni su aparente demora en una excusa para desobedecer.
Si hemos caído en la indiferencia, es tiempo de volver al Señor. Si hemos descuidado lo que nos confió, es tiempo de asumir nuestra responsabilidad. Si hemos vivido dominados por la angustia, volvamos a poner nuestra confianza en Cristo.
Que cuando venga nos encuentre haciendo lo que nos encomendó: amando, cuidando, sirviendo y obedeciendo.
Preparémonos, entonces, no tratando de completar su obra, sino viviendo a la luz de ella.
Y que nuestra espera pueda expresarse de esta manera:
«Señor, no sé cuándo vendrás, pero quiero ser fiel hoy. Que tu promesa sostenga mi esperanza y que tu gracia transforme mi manera de vivir. Cuando regreses, que me encuentres sirviéndote».
Amén.
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