Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: —¿Qué buscan? —Rabí, ¿dónde te hospedas? (Rabí significa “Maestro”.)
Juan 1:38
Cuando Juan el Bautista presenta a Jesús ante sus discípulos como el Cordero de Dios, ellos comienzan a seguirlo literalmente. Jesús se vuelve, los ve y les hace una pregunta profunda: «¿Qué buscan?». Ellos responden con otra pregunta: «Rabí, ¿dónde te hospedas?».
En esa breve conversación hay un detalle importante: los primeros discípulos se dirigen a Jesús como Rabí. Lo reconocen como Maestro. Sin embargo, este título no es un simple trato de cortesía ni una manera cualquiera de identificarlo. Revela algo significativo acerca de cómo comenzaron a conocer a Jesús y de cómo esa comprensión fue creciendo hasta reconocerlo como Señor.
Llamar a Jesús Rabí implica mucho más que afirmar que enseñaba. El término rabí, derivado de rab, puede referirse a señor, maestro o amo. En el contexto judío, un rabí no era solamente un comunicador de información. Era alguien que enseñaba una manera particular de comprender la vida, a Dios y al mundo. Sus discípulos aprendían de sus palabras, pero también observaban su ejemplo, adoptaban su forma de pensar y eran formados en su manera de vivir.
Por eso, seguir a un rabí implicaba aprendizaje continuo, aplicación práctica y transformación. No se trataba únicamente de adquirir conocimiento, sino de permitir que la enseñanza del maestro moldeara el pensamiento, la devoción y la conducta de sus discípulos.
Es significativo que, de diecisiete ocasiones en que aparecen estos términos en el Nuevo Testamento, doce sean usadas por los discípulos de Jesús para dirigirse a él. Ellos lo reconocían como Rabí, como aquel de quien debían aprender y a quien debían seguir.
Sin embargo, el uso de este título por parte de los discipulos no permanece estático. El Evangelio de Juan muestra que, al principio, tanto los Doce como otros se dirigen a Jesús llamándolo Rabí. Pero, a medida que avanza su ministerio y sus discípulos profundizan en el conocimiento de quién es él, comienzan a reconocerlo también como Señor. Especialmente después del discurso sobre el Pan de Vida, Pedro lo llama Señor (Juan 6:68).
Este cambio es revelador. El título «Señor» expresa una reverencia mayor hacia Cristo y es la consecuencia lógica de conocerlo más profundamente. Los discípulos no dejaron de reconocer que Jesús era Maestro, pero llegaron a comprender que él era mucho más que eso. Era aquel que tenía palabras de vida eterna, el enviado de Dios, el Cristo y el Señor.
Resulta notable que Jesús fuera reconocido como rabí ya que no pertenecía a una escuela rabínica identificable ni no contaba con la autoridad reconocida para ejercer como tal. Aun así, enseñaba con autoridad. Su enseñanza no dependía del reconocimiento humano, sino de quién él era. Jesús no solo explicaba la verdad: él hablaba con autoridad y llamaba a las personas a adoptar una nueva manera de pensar y de vivir.
Por eso, reconocer a Jesús como Rabí representaba la aceptación de su autoridad como Maestro, pero también era el comienzo de una transformación que eventualmente trascendería esa categoría. Los discípulos comenzaron siguiéndolo como Maestro, pero llegaron a conocerlo y confesarlo como Señor.
¿Qué podemos aprender?
Cuando venimos a Jesús, lo primero que reconocemos es nuestra necesidad de un Salvador. Él nos salva del pecado y de nuestra antigua manera de vivir, como Pablo describe en Efesios 2:1-5. Pero la salvación no es el final del camino; es el comienzo de una vida nueva con Cristo.
Jesús se convierte en nuestro Maestro, y comenzamos a seguirlo. Él nos enseña y nos da ejemplo de una nueva manera de vivir. No recibimos solamente instrucción y dirección; también recibimos la capacidad y el poder para vivir como él vivió. Como enseñan 1 Pedro 2:21 y 2 Pedro 1:4, somos llamados a seguir sus pisadas y a participar de su naturaleza divina.
Seguir a Jesús como nuestro Rabí significa adoptar una nueva manera de ver el mundo y de conducirnos en él. No se trata solamente de conocimiento recibido, sino de una vida que responde a su Palabra. Su enseñanza transforma nuestra mente, orienta nuestra devoción y forma nuestra conducta. Aprendemos de Cristo no solo al escuchar lo que dice, sino al rendir nuestra vida a lo que él nos enseña.
Pero hay algo más. A medida que conocemos a nuestro Maestro y profundizamos en nuestra relación con él, entendemos que estamos unidos a él, que nuestra vida le pertenece y que todo lo que él ha hecho y hace procede de su amor por nosotros. Descubrimos que nuestra vida solo está segura en él.
Entonces comenzamos a reconocer que Jesús no es solamente nuestro Salvador y Maestro; él es también nuestro Señor.
Reconocer a Jesús como Señor significa comprender su poder, su autoridad, su gobierno y su grandeza. Significa reconocer que él tiene derecho sobre cada área de nuestra vida: nuestras decisiones, nuestros deseos, nuestro tiempo, nuestras relaciones, nuestros recursos y nuestro futuro. No es una confesión meramente verbal; es una rendición real y diaria.
La Escritura declara con claridad que Jesucristo es el Señor:
«Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo».
Romanos 10:9
Y también afirma:
«Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre».
Filipenses 2:10-11
El camino de los discípulos también nos muestra nuestro propio camino. Llegamos a Jesús necesitándolo como Salvador. Lo seguimos y aprendemos de él como nuestro Maestro. Y, mientras lo conocemos más profundamente, somos llevados a rendirnos ante él como nuestro Señor.
Jesús no solo vino a rescatarnos de una vida antigua; vino a enseñarnos una vida nueva y a reinar sobre ella. Reconocerlo como Rabí nos llama a aprender de él. Reconocerlo como Señor nos llama a entregarle todo lo que somos.
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