Hay preguntas que son difíciles de responder desde nuestra limitada perspectiva humana. Una de esas preguntas profundas es es: ¿por qué Dios nos creó si sabía que íbamos a pecar?
No es una pregunta superficial. Si Dios es omnisciente, entonces conocía de antemano la rebelión humana y todo lo que ella traería consigo: dolor, muerte, corrupción, separación y una historia marcada por el pecado. Sabía lo que ocurriría en el huerto. Sabía lo que produciría la caída. Sabía cuánto costaría nuestra redención.
Entonces, ¿por qué crear al ser humano?
Desde nuestra perspectiva, parecería que había una opción más sencilla: no crearnos. Dios no necesitaba nuestra adoración, nuestra compañía ni nada que pudiéramos ofrecerle. Antes de la creación, Dios ya existía en la perfecta comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dios no nos creó por necesidad, sino por su voluntad, propósito y bondad.
Dios no actúa reaccionando a nuestros imprevistos; actúa conforme a su propósito eterno.
Dios no explora posibilidades
Hay una escena en Avengers: Infinity War que ilustra, de manera limitada, cómo solemos imaginar el conocimiento del futuro. El Doctor Strange contempla millones de posibilidades para descubrir cómo podrían vencer a Thanos. Cuando regresa, revela que vio 14,000,605 futuros posibles.
Tony Stark le pregunta en cuántos de ellos ganan.
La respuesta es impactante: en uno.
La escena presenta a alguien que necesita examinar innumerables caminos para encontrar el que conduce a la victoria. Pero allí está precisamente la gran diferencia entre nosotros y Dios: Dios no necesita explorar posibilidades.
Dios no observa la historia intentando descubrir qué hacer después. No contempla nuestras decisiones con incertidumbre. No espera a que algo salga mal para diseñar una respuesta de emergencia.
Él conoce el fin desde el principio.
Su propósito no depende de nuestra capacidad para cumplirlo. Tampoco puede ser destruido por nuestros pecados, fracasos o rebeliones. La historia humana puede ser dolorosa, compleja y profundamente marcada por el mal, pero nunca ha estado fuera del conocimiento ni de la soberanía de Dios.
Lo que Génesis no muestra a primera vista
Cuando abrimos Génesis, encontramos un mundo bueno, ordenado y lleno de vida. Dios crea al ser humano a su imagen y semejanza, y le concede dignidad, responsabilidad y autoridad dentro de la creación.
Todo era bueno en gran manera.
Pero luego llegamos a Génesis 3.
El ser humano cae. La comunión se rompe. El pecado entra en el mundo. La muerte se convierte en una realidad. El dolor invade la historia.
Si observamos únicamente ese momento, podríamos pensar que el plan de Dios se desmoronó. Parecería que la serpiente triunfó, que el ser humano perdió irreparablemente su propósito y que la creación quedó arruinada por una decisión humana.
Sin embargo, Efesios 1 nos permite mirar detrás del escenario.
Pablo escribe:
«Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor…»
—Efesios 1:4
Detengámonos en esa frase: «antes de la creación del mundo».
Antes de Génesis 1.
Antes de Adán y Eva.
Antes de la serpiente.
Antes de la caída.
Antes de Génesis 3.
Antes de que el pecado existiera en la experiencia humana, ya existía un propósito eterno en Dios.
Nosotros comenzamos nuestra historia en el tiempo. Dios no.
Nuestra vida tiene un inicio. Nuestra comprensión tiene límites. Nuestra visión alcanza apenas una parte de la historia. Pero el propósito de Dios precede nuestra historia, la sostiene y llegará a su cumplimiento al final de ella.
Por eso, cuando llegamos a Génesis 3, no estamos viendo a Dios tratando de descubrir qué hacer con un problema inesperado. Estamos viendo una tragedia real, pero no una sorpresa para Dios.
La caída fue verdaderamente trágica. El pecado es realmente pecado. La rebelión humana tiene consecuencias reales. Pero la caída no canceló el propósito de Dios.
El pecado no obligó a Dios a improvisar
Pablo continúa:
«Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad.»
—Efesios 1:5
Y más adelante añade que hemos sido predestinados:
«Según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad.»
—Efesios 1:11
El lenguaje de Pablo es difícil de ignorar: propósito, voluntad, plan y designio.
Dios no improvisa.
Esto no significa que Dios sea el autor del pecado. Tampoco significa que las decisiones humanas sean irrelevantes o que nuestras acciones no tengan consecuencias. La Biblia presenta al ser humano como responsable delante de Dios por su pecado y su rebelión.
Pero también afirma algo glorioso: el pecado humano nunca ha sido ni será lo suficientemente poderoso como para frustrar el propósito soberano de Dios.
El ser humano cayó, pero Dios no perdió el control.
La humanidad se rebeló, pero Dios no abandonó su propósito.
El pecado entró en la historia, pero la gracia de Dios no fue derrotada.
Dios creó al ser humano sabiendo que tendría que redimirlo. La redención no fue una idea tardía. La cruz no fue una respuesta desesperada. Cristo no apareció como una solución improvisada después de que todo saliera mal.
El propósito de Dios siempre estuvo centrado en Cristo.
¿Por qué tanta insistencia?
Todavía queda una pregunta difícil.
Si Dios sabía que íbamos a pecar, ¿por qué no nos destruyó? ¿Por qué siguió buscando al ser humano? ¿Por qué llamó a Abraham? ¿Por qué levantó un pueblo? ¿Por qué hizo pactos? ¿Por qué envió profetas? ¿Por qué preservó una promesa a través de generaciones? ¿Por qué envió a su Hijo? ¿Por qué la cruz?
¿Por qué tanta insistencia?
Pablo ofrece una respuesta en Efesios 1:6:
«Para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado.»
—Efesios 1:6
La salvación no solo revela nuestra necesidad; también revela quién es Dios.
Nosotros vemos pecado; Dios revela gracia.
Nosotros vemos rebelión; Dios revela misericordia.
Nosotros vemos incapacidad; Dios revela su poder para salvar.
Nosotros vemos culpa; Dios revela perdón.
Nosotros vemos una cruz; Dios revela amor.
La redención nos salva de nuestra condición caída, pero su propósito va más allá: también revela la gloria de Dios. Por eso Pablo insiste en que todo ocurre «para alabanza de su gloria» (Efesios 1:12).
Dios no salva solamente para librarnos del juicio. Él salva para formar un pueblo que conozca, disfrute, adore y proclame la grandeza de su gracia.
La cruz no fue el plan B
Aquí llegamos al corazón del evangelio.
Si Dios sabía que el ser humano caería, también sabía que nuestra redención tendría un costo que nosotros jamás podríamos pagar. El pecado no podía ser ignorado. La justicia de Dios no podía ser abandonada. Nuestra culpa no podía ser removida por nuestras obras.
El Creador tendría que entrar en su creación.
El Verbo tendría que hacerse carne.
El Santo tendría que tomar el lugar del pecador.
El Justo tendría que cargar con la injusticia de los injustos.
El que no conoció pecado tendría que llevar nuestro pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él.
La cruz no demuestra que Dios perdió el control. La cruz demuestra hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para cumplir su propósito de redención.
Por eso podemos decir algo que quizá necesitamos escuchar de una manera nueva:
Dios no nos amó porque ignoraba lo que haríamos. Dios nos amó sabiendo exactamente lo que haríamos.
Él conocía nuestra debilidad. Conocía nuestras caídas. Conocía nuestra tendencia a alejarnos. Conocía nuestra culpa antes de que nosotros la experimentáramos.
Y aun así, nos amó.
Eso hace que la gracia sea todavía más gloriosa. No es una gracia concedida porque Dios descubrió que éramos mejores de lo esperado. Es gracia dada a pecadores que no podían salvarse a sí mismos.
Una sola historia
Efesios 1 nos permite contemplar una dimensión de la historia que Génesis, por sí solo, no nos muestra completamente.
Nosotros vemos Génesis 3; Dios veía mucho más allá de Génesis 3.
Nosotros vemos la caída; Dios veía la redención.
Nosotros vemos pecado; Dios estaba revelando gracia.
Nosotros vemos una cruz; Dios estaba llevando adelante su propósito eterno en Cristo.
Por eso Pablo puede declarar que fuimos escogidos para ser santos, predestinados para ser adoptados como hijos, redimidos por la sangre de Cristo y sellados por el Espíritu Santo.
Dios no quería solamente crear seres humanos.
Quería un pueblo redimido.
Un pueblo adoptado.
Un pueblo santo.
Un pueblo unido a Cristo.
Un pueblo que contemplara la grandeza de su gracia y respondiera con adoración.
La meta final no es la gloria del ser humano. La meta final es la gloria de Dios revelada en la salvación de un pueblo que no merecía ser salvado.
Cuando no vemos toda la historia
Esta verdad también habla directamente a nuestra vida.
Muchas veces juzgamos nuestra historia por lo que alcanzamos a ver hoy. Vemos una pérdida, una enfermedad, un fracaso, una puerta cerrada, una oración que parece no recibir respuesta o una circunstancia que no comprendemos. Y concluimos que esa escena representa toda la historia.
Pero nosotros solo vemos una parte.
Dios ve el todo.
Esto no significa que todo lo que nos ocurre sea bueno. El dolor sigue siendo dolor. El pecado sigue siendo pecado. La pérdida sigue siendo pérdida. La Biblia no nos llama a negar el sufrimiento ni a fingir que las heridas no existen.
Pero sí nos llama a confiar en que el Dios que conoce el principio y el final no ha abandonado su propósito.
Nuestra esperanza no descansa en poder responder cada «por qué». Nuestra esperanza descansa en conocer al Dios que está detrás de nuestros porqués.
Cuando Dios abre nuestros ojos para mirar tras bastidores, descubrimos que Génesis 3 no tuvo la última palabra.
La caída no tuvo la última palabra.
El pecado no tuvo la última palabra.
La muerte no tuvo la última palabra.
Cristo tiene la última palabra.
La última palabra no es caída: es redención.
No es condenación: es adopción.
No es fracaso: es gracia.
Y la última palabra no es nuestra gloria.
Es la gloria de Dios.
Dios no nos amó porque ignoraba lo que haríamos. Dios nos amó sabiendo exactamente lo que haríamos.
Y aun así, en Cristo, nos escogió, nos adoptó, nos redimió y nos alcanzó con su gracia.
Ese era su propósito desde antes de la creación del mundo.
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