Juan 3:8
“El viento sopla por donde quiere y oyes su sonido, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu”.
Introducción
La obra de Dios es sobrenatural. Muchas veces, su manera de obrar no encaja con la lógica humana ni puede explicarse por completo con nuestras palabras. Sin embargo, aunque no siempre comprendamos cómo obra Dios, sus resultados son evidentes.
Eclesiastés 11:5
“Así como no sabes por dónde va el viento ni cómo se forma el niño en el vientre de la madre, tampoco entiendes la obra de Dios, el Creador de todas las cosas”.
Cuando Jesús hablaba con Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, Nicodemo no lograba comprender cómo una persona podía nacer de nuevo. Entonces Jesús utilizó una ilustración sencilla, pero profundamente reveladora: el viento.
El mismo elemento al que Eclesiastés hace referencia para hablar de la obra misteriosa de Dios es usado por Jesús para explicar la obra del Espíritu Santo. Hay algo interesante en ello: la palabra griega pneuma puede significar tanto “viento” como “espíritu”. 1
Jesús aprovecha esa relación para enseñarnos que, así como el viento es invisible pero real, la obra del Espíritu también es invisible, sobrenatural y, al mismo tiempo, evidente.
El viento y la obra de Dios
Jesús dijo: “El viento sopla por donde quiere”.
Nadie puede controlar el viento. No podemos ordenarle que sople, detenerlo ni decidir su dirección. Podemos observarlo, sentirlo y responder a él, pero no dominarlo.
También podemos oír su sonido, aunque no siempre sepamos de dónde viene ni hacia dónde va. No conocemos por completo su recorrido ni entendemos todos sus movimientos. Sin embargo, sabemos que está ahí.
Lo sentimos cuando refresca nuestro rostro. Vemos sus efectos cuando mueve las ramas de los árboles, levanta las hojas del suelo o agita las aguas. Aunque no vemos el viento mismo, vemos lo que produce.
Así es la obra de Dios por medio de su Espíritu: una obra sobrenatural de gracia.
Tal vez no siempre podamos describir con exactitud cómo Dios comenzó a transformar un corazón, cómo convenció a una persona de pecado o cómo produjo fe en alguien. Pero, cuando el Espíritu obra, sus efectos se hacen visibles.
Se manifiesta en arrepentimiento, fe, amor por Cristo, deseo de obedecer, hambre por la Palabra, una nueva manera de pensar y una vida que comienza a ser transformada.
No necesitamos comprender por completo todos los misterios de la obra del Espíritu para reconocer que él está obrando. Quien ha nacido del Espíritu sabe que esa obra es real porque ha sido alcanzado y transformado por ella.
El Espíritu inicia la obra
El Espíritu Santo es quien inicia la obra de Dios en nosotros mediante el nuevo nacimiento.
Juan 3:5
“Te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”.
Nadie entra al reino de Dios solamente por asistir a una iglesia, conocer versículos, tener una tradición religiosa o intentar mejorar su conducta. Necesitamos nacer de nuevo. Necesitamos una obra que solo Dios puede hacer.
El nuevo nacimiento no es una reforma externa, sino una transformación interior. No consiste simplemente en cambiar ciertos hábitos, sino en recibir una nueva vida producida por el Espíritu Santo.
Dios habla, y el Espíritu ejecuta su voluntad. Dios revela su Palabra, y el Espíritu la aplica al corazón. Dios llama, y el Espíritu da vida. Dios muestra a Cristo, y el Espíritu abre nuestros ojos para que lo veamos, lo recibamos y vivamos para su gloria.
Por eso, el Espíritu Santo nunca actúa en contra de Cristo ni conduce al creyente lejos de la Palabra de Dios. Su misión es glorificar a Jesús.
Juan 16:13–15
“Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga y les anunciará las cosas por venir. Él me glorificará porque tomará de lo mío y se lo dará a conocer a ustedes. Todo cuanto tiene el Padre es mío. Por eso les dije que el Espíritu tomará de lo mío y se lo dará a conocer a ustedes”.
El Espíritu nos revela la verdad de Cristo, nos recuerda las palabras de Cristo, nos forma a la imagen de Cristo y nos lleva a depender de Cristo.
Por tanto, toda supuesta dirección espiritual debe examinarse a la luz de esta pregunta: ¿me acerca a Cristo, me conduce a obedecer su Palabra y produce en mí un mayor deseo de glorificarlo?
No podemos controlar al Espíritu
Así como no podemos controlar el viento, tampoco podemos controlar ni manipular al Espíritu Santo.
No podemos reducir su obra a una emoción, una fórmula, una experiencia particular o un programa. No podemos decirle al Espíritu cuándo debe actuar, cómo debe hacerlo o en quién debe obrar. Él es Dios. Él sopla donde quiere.
Pero, aunque no podemos controlarlo, sí podemos responder a él. Podemos obedecer su dirección, someternos a su voluntad y aprender a caminar bajo su guía.
Pensemos en una embarcación de vela. Un velero no puede avanzar ignorando el viento, pero tampoco puede imponerle su propia dirección. El marinero debe ajustar las velas y orientar la embarcación para aprovechar la fuerza del viento.
De igual manera, en nuestra vida espiritual no debemos insistir en llevar el timón según nuestros propios deseos. Muchas veces navegamos en contra del viento cuando queremos decidirlo todo por nosotros mismos, resistimos la corrección de Dios, ignoramos su Palabra o seguimos los deseos de la carne.
El problema del ser humano, desde el principio, ha sido querer ocupar el lugar de Dios: decidir por sí mismo lo bueno y lo malo, vivir según su propio criterio y dirigir su vida sin depender del Creador.
Pero Dios no nos ha dejado solos. Él nos ha dado su Espíritu para guiarnos como hijos suyos.
Romanos 8:13–15
“Porque si ustedes viven conforme a la carne, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!»”.
El Espíritu no nos guía como si fuéramos esclavos obligados a obedecer con temor. Nos guía como hijos amados que pueden acercarse a Dios y llamarlo: “Padre”.
La guía del Espíritu
La guía del Espíritu Santo alcanza cada dimensión de la vida cristiana. Él transforma nuestro pensamiento, nuestras prioridades, nuestros afectos, nuestras decisiones y nuestra manera de vivir.
Romanos 8:14
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”.
Ser guiados por el Espíritu no es una experiencia reservada para unos pocos creyentes extraordinarios. Es parte de la identidad de todo hijo de Dios. Si hemos nacido del Espíritu, debemos aprender a vivir bajo su dirección.
Esta guía no es pasiva. No significa cruzarnos de brazos mientras esperamos señales para cada decisión. Significa rendir nuestra voluntad a Dios, llenar nuestra mente con su Palabra, discernir lo que le agrada y obedecer lo que él ya ha revelado.
El Espíritu reorienta nuestras prioridades
Romanos 8:4–6 enseña que quienes viven conforme a la carne fijan su mente en los deseos de la carne, pero quienes viven conforme al Espíritu ponen su mente en las cosas espirituales. La mente puesta en la carne produce muerte; la mente puesta en el Espíritu produce vida y paz.
La guía del Espíritu comienza en la mente. Él cambia las preguntas que hacemos. Ya no preguntamos solamente: “¿Qué quiero hacer?”, “¿Qué me conviene?” o “¿Qué me hará sentir bien?”. Comenzamos a preguntar: “¿Qué honra a Dios?”, “¿Qué dice su Palabra?” y “¿Cómo puedo obedecer al Señor en esta situación?”.
El Espíritu nos guía por medio de la verdad
Jesús dijo en Juan 16:13 que el Espíritu de verdad nos guiaría a toda verdad. Juan 14:26 añade que el Espíritu Santo nos enseña y nos recuerda las palabras de Jesús.
Por eso, no debemos separar la guía del Espíritu de la Palabra de Dios. El Espíritu que inspiró las Escrituras jamás nos conducirá a desobedecerlas. Él ilumina nuestra mente para entenderlas, confronta nuestro pecado mediante ellas, fortalece nuestra fe y nos capacita para obedecer.
El Espíritu nos sostiene en nuestra debilidad
Romanos 8:26–27 declara que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad e intercede por nosotros conforme a la voluntad de Dios. Hay momentos en los que no sabemos qué hacer, qué pedir o cómo orar. Hay cargas que no logramos expresar y situaciones que superan nuestra comprensión.
Aun allí, el Espíritu no nos abandona. Él intercede por nosotros y nos sostiene delante del Padre.
El Espíritu dirige decisiones específicas
El Espíritu también puede dirigirnos en decisiones y asignaciones específicas. En Hechos 13:2–4, el Espíritu Santo apartó a Bernabé y a Saulo para la obra a la que Dios los había llamado. Más adelante, en Hechos 16:6–7, el Espíritu impidió que Pablo y sus compañeros predicaran en ciertos lugares, guiándolos hacia el campo de misión donde Dios quería que sirvieran.
Esto nos enseña que la dirección del Espíritu puede incluir puertas que se abren, puertas que se cierran, convicciones que se afirman y oportunidades que Dios presenta. Sin embargo, toda dirección debe discernirse con humildad, oración, consejo sabio y fidelidad a las Escrituras.
Una vida de renovación continua
Finalmente, ser guiados por el Espíritu implica una vida de renovación continua.
Romanos 12:2
“No se conformen a este mundo, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta”.
Gálatas 5:25
“Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu”.
No basta con haber recibido vida del Espíritu en el nuevo nacimiento. Debemos caminar cada día en dependencia de él. Debemos permitir que dirija nuestras palabras, relaciones, decisiones, servicio, uso del tiempo y respuesta ante las pruebas.
Conclusión
El viento no se ve, pero sus efectos son innegables. De la misma manera, el Espíritu Santo obra de forma invisible, pero transforma visiblemente a quienes nacen de él.
Tal vez no siempre entendamos todo lo que Dios está haciendo. Puede que, en ciertos momentos, no comprendamos por qué una puerta se cerró, por qué una dirección cambió o por qué el Señor nos está llevando por un camino distinto al que habíamos planeado. Pero podemos confiar en que el Espíritu de Dios no se equivoca.
Él inicia la obra de salvación, nos revela a Cristo, nos guía a la verdad, nos ayuda en nuestra debilidad, mortifica el pecado en nosotros y nos conduce, como hijos, hacia la voluntad del Padre.
La pregunta no es si podemos controlar el viento del Espíritu. No podemos. La pregunta es si estamos dispuestos a ajustar las velas de nuestra vida a su dirección.
¿Estamos insistiendo en llevar el timón solos? ¿Estamos resistiendo lo que Dios ya nos ha mostrado en su Palabra? ¿O estamos dispuestos a decir: “Señor, guía mi vida; dirige mis pensamientos, mis decisiones, mis deseos y mis pasos”?
Si el Espíritu nos dio vida, caminemos por el Espíritu. Si somos hijos de Dios, dejémonos guiar por el Espíritu. Y aunque no siempre comprendamos de dónde viene el viento ni hacia dónde nos llevará, podemos confiar plenamente en Aquel que lo dirige.
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La relación entre “viento” y “Espíritu” se aprecia con especial fuerza en el griego original, ya que en español se requieren palabras distintas para ambos conceptos. ↩